—¡Sí!... Prosiga su evocación.

La obedezco. Pareciéndome, no obstante, que en esta incidencia de lo que proponíame referirla ha querido el azar que se concentre la mayor vibración que pudiera sacudir de hondas compasiones á la miseria mía el alma de la buena, pierde interés en mis zozobras lo demás.

—Iba á ser el Carnaval—digo, dispuesto á abreviar los recuerdos de martirio—y mi novia y yo, para casarnos y empezar á realizar la dulce existencia de aislamiento, teníamos apercibida una campestre instalación, lejos de Madrid. Todas las fiestas de multitud gozan la propiedad de entristecerme, y el Carnaval la de infundirme casi el odio. A tal tristeza, y en la angustia de lo que presentabáseme inminente, sumábase la que me llenaba el corazón con la íntima desconfianza de poder nunca reducir en mis ensueños de felicidad recóndita á la cándida aturdida, que, contra mi aprobación, y á pretexto de que «sería nuestra última diversión de solteros», se obstinaba en que concurriésemos los dos en una carroza de máscaras al tumulto de locura. Me negué; la expresé mi pena por su intención, siquiera, de robárseme á la idealidad en aquellos días..., y ella, mi novia, enmudeció y aparentó acceder pasivamente..., sin perjuicio de hacerme ver poco después entre las galas blancas del ajuar el disfraz de colorines. Enviado de París, y precioso, á juicio de la pobre alucinada, por dos días más se consagró á retocarlo en una absorción que no la consentía ver cuanto la apartaba de mi anhelo..., cuanto en cambio yo veía á la virgen amorosa transformada para siempre en arlequín... A fin de no turbarla la hipnótica alegría con mi tortura, no volví durante las cuarenta y ocho horas que aun debía esperarla la carroza de su triunfo.

—¡Oh!—hace leve Rocío en un lamento que es sollozo—. ¿Y ella?

—Ni se dió cuenta de una ausencia que yo mismo ignoraba entonces que había de ser de eternidad. Lo supe, cuando vagando á la siguiente noche en el vacío como en torno de la blanca muerta de ilusión, á través del Carnaval las lágrimas del alma me llevaron á querer mirar algo así como su entierro. Era el momento del desfile por la calle de Alcalá. Yo estaba en la terraza de un Casino. Todo vértigo y todo confusión. Orgía de estruendos y de lumbres. La muchedumbre estrujábase en una demencia del infierno. Por las aceras, la negra reptación de dos sierpes de entrañas monstruosas cuyo aliento ahogaba con igual escándalo de gritos el gemir del niño atropellado y el reír de la púdica ultrajada..., y sátiros y bestias y mendigos con careta y cascabeles que hendían la compacta masa á rugidos y codazos. Por el centro, entre el relinchar de los caballos y el bullir de las comparsas, los coches y los autos con sus racimos de pierrots; las carrozas avanzando lentas con su carga de locura y la multícroma explosión de sus antorchas. Batalla de rabias y alegrías muy lúgubres, en que se cruzaba la carcajada del insulto con el puñetazo del confetti. Tocaban y cantaban canallamente ese cadencioso vals de El conde de Luxemburgo, á la sazón de moda, muchas murgas de ciegos y muchos hombres y rameras borrachos que á saltos avanzaban al son de su cadencia cogidos por las manos en guirnalda. Y seguían, seguían cruzando las carrozas. Y seguía, seguía mirándolas la seca fiebre de mis ojos. Vieron una, de improviso, en un resplandor de talcos y bengalas rojas, más grande que las demás, más payasescamente suntuosa, en su trono de flores de papel, y sentí un horrible frío, y sentí que la sangre se me helaba en la impía burla del escarnio: mi novia, la idolatrada de mi corazón, sin pensar siquiera que el dolor mío pudiese contemplarla, sin querer adivinar que me estaba asesinando su báquica alegría, despeinada, arrebatada la faz, descompuestas las sedas de su traje... horrible, horrible, horrible toda ella, inclinada al barandal ante unos que alargábanla copas de champaña, en un frenesí de risas le arrojaba serpentinas á otro coche.

Se hace tétrico mi acento, y continúo como en un eco de la cruelísima emoción..., de una emoción cuya total intensidad no puede apreciar Rocío, porque era mi mujer aquélla de la cual la estoy mintiendo que no me fuese más que prometida:

—Iba bella, con una desgarrada belleza tan extraña, que iba horrible, horrible... La maldita visión duró delante de mi angustia unos minutos..., y... cuando se perdió...

La pena me interrumpe. Rocío me excita:

—¿Qué?

—¡Nada!... Mi persuasión de cómo podía morir algo muy grande de una carcajada... y la cadencia canalla y ondulosa de ese vals lanzando siempre á la multitud en su rítmica danza de estruendo y de sarcasmo. Yo seguí mirando la confusión de bacanal como un hombre en la agonía abandonado de mi hermana, de su madre, de su Dios... porque en Laura habían puesto las ansias de mi vida todo eso.