Quiere Rocío saber más de Laura; va á preguntarme, y esta vez oblíganos á callar Lambea, que se nos acerca.

Es la hora de comer.

El ensayo ha concluído. Desde el salón dirígese al comedor todo el mundo.

Ya en nuestra mesa, distrae mis penas el marino. Los arreglos de la fiesta le traen atareado. Me cuenta que por segunda vez han ido en comisión él y unas señoritas para rogarle al negro que concurra con su violín maravilloso. Se niega el negro. Le está poniendo el pasaje como un trapo. Además de gran maestro es descortés; no le gustará tocar de balde ó no juzgará lo bastante selecto al auditorio.

Sin embargo, discúlpale Lambea. Da miedo de verle. Viene muy enfermo y derrotado el infeliz. Apenas se alimenta ni sale de un rincón del fumadero.

Refiéreme en seguida noticias radiográficas de hoy, inadvertidas para mi abstracción de solitario, aunque, según parece, no se ha hablado de otra cosa á bordo en todo el día. La condesa de Montsalvato está presa, al fin, en Nueva York; y su amante, Jacobo Vanska, cuyo proceso continúa en Roma, se exculpa, lanzándola las responsabilidades: ella sería la que le provocó impudente al adulterio; ella la que envenenó al conde y la que le estranguló al ver que el tóxico le prolongaba la agonía...

Una inicua mujer vulgar, en suma, que no sé cómo á nadie pueda interesarle de tal modo. Sin embargo, á creer á mi amigo, con su prisión se la librado de un gran peso el mundo elegante del Victoria Eugenia. Ahora se aguarda con nueva ansiedad el día en que, retornada á Italia, haya de ser confrontada con el miserable cómplice que le acompañará á la horca.

VII

Tornan los prestigios mágicos á mi alma y mis sentidos. El nombre de felicidad le sería tal vez demasiado á la calma que me envuelve; pero duermo intensamente en pocas horas y despierto siempre en las plenas agilidades de la vida. Todo me causa un sencillo bien, cuyo halago me penetra: la limpidez del aire, la amplitud del mar, el nácar de estas albas..., que una insaciable ambición me impulsa á buscar más temprano cada día. Cada noche, podría decir. Hoy aún brillan las estrellas. Si Rocío es algo del mismo amanecer, yo soy algo del halo de una adoración satélica que anticípase á esperarla.

Para no turbar mi bien, únicamente me veo forzado á no pensar en el término de este viaje que me impone la contradictoria sensación de su fugacidad y su eternidad al mismo tiempo. Cuando lo pienso, la hora cruel en que la niña hermana y yo hayamos de separarnos háceme temblar como la del nuevo tránsito de lo celestial á lo maldito.