¿Me engañaré?... Acaso el milagro de ventura sea obra del mar, y la niña, que tan distinto de mi camino habrá de seguir el suyo, sólo represente un encanto más en mis renacidas ilusiones. De todas suertes, la gratitud por el descanso que la debo me arrastra á su avidez. Cae su camarote opuesto al mío, también sobre cubierta, en esta banda. Duerme, y vengo á robarla los ensueños del dormir..., como la robé el pañuelo, como la he robado la medalla de la Virgen, como la voy robando secretos de la conciencia poco á poco..., y como la robaría el espíritu, llevándomelo en reliquia de ideal, si pudiese ahora, vampiro excelso, deslizarme hasta el aliento descuidado de su sueño y respirárselo y agotárselo sin tocarla.
¡Bella muñeca dichosa, que ya lejos vivirá de mí, ignorando quién la habría apagado el alma en la luz verde de los ojos!
Pero... me presiente su alma, su vida, que no quiere morir..., y ha despertado y ha venido á descorrer la cortinilla azul en la ventana. Sorprendido al pie, me quedo inmóvil. Acaríciame una oleada de las finas esencias de un nido de mujer, porque sólo permanece corrida la persiana tras la abierta vidriera, y una vez más se me confirma cuán cerca de lo espiritual está lo sensual, hasta en el ángel que más ángel pueda ser sobre la tierra.
La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata... Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de donde mora la nobleza...
Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el éxtasis de paz.
Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que es Laura mi mujer?»...
Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien, únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los designios del ultraje.
Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de las inocentes candorosas.
Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente. Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me brinda los tesoros de su espíritu.
Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da vergüenza.