Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja, rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo; pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes, porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó: «—Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...—Cuando me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados..., cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en el peldaño.

Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas, y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.—«Es usted bueno, Alvaro»—me acarició.—«Es usted buena, Rocío»—la devolví. Y contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.

Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar, porque está perfumada, la medalla de la vida de Rocío—aroma á la vez de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien duros á que puede ascender el valor de la medalla.

Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.

Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.

—¡Hola!—me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es una jaula de balcón sobre las aguas.

—¡Hola!—la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo pedazo mío que vuelve á mí.

Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí, cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.

—No sé por qué no habrá pintores de albas—susurrábame Rocío cuando la hechicería de luz la tiene lleno el ser—; pintores que no pintasen más que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.

No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios, me quedo contemplándola.