En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla limosnas de piedad y de salvación.

—Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna felicidad?

Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.

—¿No es usted feliz?

—Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de delicia—; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una existencia venturosa.

—¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?

—Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí misma.

Suspira.

—Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea mucho en la Virgen, lo primero.

—¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares aptitudes de la tierra.