Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido relato de mis crímenes—tanto más horrendos cuanto que son los mismos que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad de asesinatos.
De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente. Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes, cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y situarme frente al «provocador»—el cual intentó en seguida mi castigo, y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de honor. El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al día siguiente consintieron que por la grave ofensa de un escupitajo de su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma: una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de locura entre el amor triste de dos niños.
—Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones de las gentes.
Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos, mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final el cáliz de lo inmundo.
Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos la aparente belleza de un guiñapo.
Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío. Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la lejanía de la cubierta.
Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.
Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de muerto galvanizado por una póstuma amargura.
Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la sagrada soledad del alba para tocar su extradivarius donde nadie pueda oirle—y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil... ¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el extradivarius y en la rosa?
Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.