¡Ah! ¡Horrible!
Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la furia espumosa de la estela...
Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión. Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve, y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento con mi aliento.
—¡Rocío! ¡Rocío!
No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida con su nombre.
—¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...
Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo alarido de espanto y de dolor...
La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo en contraria dirección.
Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el Victoria Eugenia se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora, presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.
Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.