El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.

¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...

Por la tarde, continúa recluída con su madre.

Por la noche, el médico de á bordo la visita.

—¡Nada—me dice cuando trato de informarme—; la impresión de la chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.


Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!

Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro, y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo. Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.

Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.