—Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.
—¡Oh!—suspira resignada en halagos inefables.
—¿Me perdona usted, Rocío?
—¡Oh!—vuelve á suspirar.
No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.
—Son nuestras almas demasiado hermanas—añado—para que en el supremo dolor no puedan acariciarse sus purezas.
Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.
Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las palabras, no la digo más.