Aunque están abiertas las ventanas y los ventiladores funcionan, nos sofoca el calor durante el banquete que es en este anochecer la comida. Hemos pasado hace una hora la línea ecuatorial. Hay quien lleva tomadas cinco duchas, y señoritas que, incapaces de aguantar la ropa, é imitando á Placer y á Eyllin, lucen el corsé y las piernas en la transparencia de los vestidos sin enaguas.
Venimos en plena fiesta. Despertó al pasaje una burlesca diana de acordeones y sartenes, y entre los escudos y banderas que adornan la cubierta desfiló la mascarada de Neptuno; luego de almorzar, música y baile; á las tres, lunch de emparedados y champaña..., brindis, canciones y alguna digna borrachera paseada de alto á bajo del buque á traspiés...
Lambea encuéntrase rendido. Principal director de la zambra, aún le quedan, para después del nuevo lunch de la noche, el concierto y la comedia. Cuando salimos á la cubierta con la dispersión de los que buscan al aire libre algún consuelo, se nos unen el P. Reims y el P. Ranelahg. El mismo afán de un poco de fresco y de reposo nos lanza á los cuatro á la más elevada altura posible en la azotea de popa, donde se hallan Rocío y su madre. Han comido en el bar. Leopolda no soporta la confinación del comedor.
Charlamos, comentando pormenores del festejo. Pero otra actualidad, relativa al infeliz que allá quedó hace tres días en el fondo de las aguas, se ha mezclado hoy á la expansión de regocijos, y Lambea, que todo lo averigua, nos informa de la especie de testamento del suicida que guarda el sobrecargo. Son cartas y retratos de una bella berlinesa, mujer del negro, y de una niña de doce años, su hija. Con un amante se fugó la esposa del violinista años atrás; tuvo que entregarse á otros, al ser por él primero abandonada..., y enferma, al fin, de repugnante mal que la ha destruído la belleza, desde un hospital de Buenos Aires escribió las cartas que demandaban las compasiones del marido. A impulsos de sublime caridad iba, pues, el negro á América, ya casi un agonizante de la pena y de la tisis, sin otro empeño que salvar en el harapo de hermosura la reliquia del espíritu falaz que fué su religión. No pudo terminar la travesía. Sintiéndose morir, prefirió ganarle al inútil sufrimiento algunas horas. Realizaba el viaje sin el amparo de la hija, dejada en un colegio de Europa porque no sepa jamás la vida de la madre, y lega, á una y otra importantes sumas, cuyos documentos y efectivos se han encontrado en la maleta del generoso moribundo que viajaba hasta sin ropa.
Un alma como esa alma ha podido extinguirse aislada entre el desprecio del pasaje.
Y ahora un poco de compasión tardía..., que no le estorbe á nadie divertirse. Únicamente en nuestra tertulia, y sobre el holgorio del buque engalanado, pesa el relato de Lambea como una maldición humana que arrojó á un mártir á la tumba de las olas y que tiene en lejana reclusión á una niña inocente de que un hospitalario pudridero de la vida está agotando las impúdicas podredumbres de su madre...
Es una historia idéntica á mi historia y á la de la Montsalvato y á tantas más.
Siempre la obra destructora del amor en un mundo que sin el amor, no obstante, sería absurdo. ¡No lo comprendo!
Parte el inquieto teniente de fragata. Rocío se ha quedado pensativa, y yo permanezco también dolorosamente impresionado. El Padre Ranelahg, que á la vista de la futura monja y de mis ansias ideales dijérase que ha tomado á empeño nuestra catequística rección, aprovecha la oportunidad para una de sus pláticas. En el cristianismo cree que vuelve á surgir el paganismo más hipócrita y cobarde. No tornará el mundo á la bienandanza de los cristianos primitivos, hasta que con la mirada en Dios acierte de nuevo á recogerse cada cual en la caridad, en la oración, en la pobreza, en la vida interior del penitente. El drama, por mitad horrendo y por mitad hermoso, que acabamos de oír, prueba el desastre de cualquier ventura que se cifre en los bienes de la tierra. Solamente la belleza del alma perdura como lazo de amor á través de las contingencias y de la muerte misma de la física belleza, ya que ésta no es sino una mentira del pecado, encubridora de las repugnancias de la carne.
Calla, y á pesar de la paz que ha derramado en mí, sufro una confusión, puesto que, por una parte, se me impone la evidencia de que sólo con un criterio tal de santidad fuesen imposibles las injusticias que yo siento alrededor, sin encontrarlas el remedio, y, por otra, el estruendo del buque, confirmándome que la humanidad resurge al bruto paganismo, parece que me quiere gritar que con él es la vida misma la que reclama turbulentamente sus derechos. La vida misma, que ni proviene de la santa castidad, ni pronto haría sino agotarse si el mundo entero llegase un día á alcanzar la perfección de la santa castidad. ¿Habría de ser condición de la vida, entonces, vivir de lo bestia y lo cruel, ó no vivir, por el místico suicidio?