Guárdome de manifestar mi duda, iniciando una intempestiva discusión en que yo no podría oponer, después de todo, afirmaciones; pero me inquieta ver reflexiva á Rocío bajo el influjo de las sutilezas del dialéctico.

Afortunadamente corta las meditaciones de la niña una invasión de estruendo que se acerca. Capitaneados por tres comerciantes catalanes, suben las escaleras dos docenas de emigrantes haraposos; detrás va llegando el pasaje, en turbión. Lambea, que vuelve acompañando á la familia del ex presidente de República, se nos acerca un momento á decirnos que se efectuará aquí esta especie de intermedio bufo, porque la cubierta se está arreglando para la función teatral. Todo el mundo se enfila en corro alrededor del la azotea, por los bancos, ó en pie, ó en donde puede.

Y empieza la diversión. Parece los títeres de un pueblo. Carreras de costales, cuyo premio serán cinco pesetas. Meten y atan los comerciantes á diez infelices (cabeza y todo) en sendos sacos, dan la señal de partida, caen de primera intención cuatro ó cinco, y el público se ríe. Al poco están todos en el suelo; se arrastran, ruedan y de cualquier modo procuran avanzar; ni ven adónde van ni en dónde chocan. Unas veces se amontonan y se agarran en pelea de coces desde dentro de los fardos; otras veces salen disparados contra una lucerna, y á un gemido doloroso y á un magullamiento de narices mánchanse de sangre. Pero el elegantísimo pasaje chilla y goza ante los desdichados á quienes ha traído por primera vez al lujo de su cámara para que por un duro le divierta.

A la carrera de costales sucede otra en que parejas de hombres, con sendos cordeles al cuello y pasados entre las piernas, marchando á gatas y tirando uno de otro tendrán que llegar á metas prefijadas. Las parejas son cuatro, y se han descalzado para mejor afianzarse á las rendijas de las tablas con los pies... Le gana el espectáculo en brutalidad al anterior: antes sangraron las narices; ahora sangran las uñas de los pies y de las manos. Si el que va vencido se aferra á un gancho ó al remate de un cordaje, el rival se obstina en arrancarlo, y á la presión del cáñamo parece que van á ser segados los cogotes apopléticos. Entonces, entre la risa general, se les azuza, se les arrea, casi se les golpea y se les pincha como á bueyes que tuviesen atascada la carreta.

Rocío y yo nos ahogamos de una piedad que se dicen de tiempo en tiempo nuestros ojos. Y como la tal pelea, á más de bestial, es larga, pues cada vencedor debe acollerarse con otro vencedor, el público empieza á fatigarse, y advierto que muchos se fijan en el grupo que formamos. Curiosidad de los que no suelen vernos reunidos entre ellos, y que no pudiendo sospechar en mí otra índole de afectos que los del más puro desinterés hacia una niña de falda corta y trenzas á la espalda, pensarán que sólo la intransigencia fanática y el misantropismo sean los que me hagan preferir la soledad al lado de la chiquilla por una igual veneración de los dos á los señores sacerdotes. Todos, todos lo pensarán..., incluso mis amigos, ante los cuales mis desdenes á Placer dejaron bien sentada mi aversión á cierta clase de aventuras y á no importa qué otros devaneos..., é incluso los propios sacerdotes, á pesar de que nos observan más de cerca.

Y, sin embargo... se engañan—como yo mismo me engañaba no hace mucho. Sé al fin que adoro locamente á la «niña de falda corta y trenzas á la espalda», y sé, además, que el misterio de su espíritu y el contacto de su vida en los besos de mi boca fuéronme la revelación de lo que ya puedo confesarme sin bochorno... ¡Casado, sí..., y ella, purísima!... Mas ¿qué importa?... Un insomnio y una tenacidad de mi corazón, en la noche misma que hubo de luchar con la evidencia gloriosa y miserable, en un relámpago de idea me hicieron ver que los nudos de la ley se desatan por la ley..., que un casado se divorcia..., se divorcia..., y que yo, por tanto, podré recobrar mi libertad en Buenos Aires. Secreto que le guardo á la chiquilla por si pasase alguna vez á la plenitud de la mujer de humanidad en mi cariño.

¡Oh, la plena mujer de humanidad que sintieron mis brazos y mis besos! ¡La plena alma de mujer tantas veces sentida por mi alma!

¿Conoce mi pasión?

Lo ignoro. Y en vano aquí trataría de penetrarlo en el hermético candor y en la piedad de la niña tan niña delante de las gentes.

Pero aumentan las risotadas, de pronto, y acrece hasta el tormento su piedad. Agotada la resistencia de un luchador que se aferraba á la lumbrera, de un tirón hercúleo es arrastrado de tal modo por el otro, que tienen que llevárselo con un síncope, del calor y del esfuerzo.