El P. Ranelahg y el P. Reims se marchan, contristados. Les imitaríamos si no le fuese á Leopolda difícil hendir la multitud.

Menos mal que á lo cruento sucede lo jocoso. Depositadas ahora las monedas en el fondo de grandes cubos de agua y de cazuelas embadurnadas con aceite y con tizne, los míseros emigrantes, ya de sobra lastimosos con sus andrajos y sus carnes laceradas, de rodillas, y atadas atrás las manos, han de sacarlas con los dientes. Parece resultar muy divertido verles caerse cara al tizne ó sepultar en los cubos la cabeza hasta los hombros. Se van poniendo hechos una lástima, y el público ríe, ríe... No son hombres, son vivos autómatas que se han traído aquí por diversión. Antes se escarneció el ultraje á sus dolores, y ahora, se escarnece el ridículo de su grotesca humillación con las mismas carcajadas. Cuando alguno á punto de ahogarse saca la abotagada faz de un cubo y vierte el agua por la nariz como una foca, llega al colmo el regocijo. Y no obstante, no fuese una piltrafa de humanidad lo que se ahogaría con la desdicha de estos seres á la vista del aristocrático concurso, sino la humana dignidad.

Sigue, sigue el espectáculo soez, y aun por media hora me obliga á recordar mis sandeces de aquel día en que yo quise sacudir las compasiones de estas gentes gritándoles que se ahogaba la humana dignidad en la sentina de emigrantes...

Soy yo, pues, y es Rocío, quienes únicamente nos ahogamos de piedad, de piedad, de piedad... Somos nosotros, tan sólo, los necios mártires de la piedad estéril, ante la imposición de las crueldades del mundo que el selectísimo concurso manifiesta en toda la magnitud de su inconsciencia.

Y no, no lo comprende; no puede comprenderlo, á pesar de la sanción general abrumadora, la protesta constante de mi alma.

¿Por qué la necesidad de ser crueles? ¿Por qué en todas partes las durezas de la vida, ó por qué, si no, frente á ellas el absurdo de ángeles de bondad como Rocío?

Leopolda, siquiera, oculta en el abanico, le ha pedido anestesias á sus sales.

Dormita tan tronchadamente, que no siente, por último, la dispersión de la desdichada tropa de payasos, á puntapiés de sus joyosos directores—y tras ellos la del público.

Junto al sueño de la pobre enferma destrozada quedamos Rocío y yo en la soledad.

Quedamos con nuestro dolor, con nuestra angustia, con nuestro horror del mundo...; y mudos, caídos atrás en los sillones, el ángel que es del cielo acoge su aflicción á los mundos de los cielos.