Estrellas. Amigas suyas de pureza fulgurante. Están tan altas que no las llegarán las miserias de la tierra. Brillan á través del dosel de humo que nos va tendiendo el buque. Sabe Rocío sus nombres y las va nombrando—algo desorientada bajo este firmamento, que es ya la mitad del Sur. Pero Lambea nos las indicó en las pasadas noches, y puedo á mi vez dirigirlas mi saludo... «Acharnair»... «Procion»... «La Corona»... «Tomalhaut»... «El Fénix»...
La espléndida «Cruz Austral», predilección de nuestros embelesos, queda oculta, hacia la proa, en la balumba de chimeneas y botes y mástiles y puentes del Victoria Eugenia.
Levántase Rocío y va en vago paseo de abstracciones á la borda.
Al poco, voy á su lado.
Ella contempla perdidamente las cinco estrellas de la Cruz Austral. No sé lo que las hable. Seguro de no discordar mucho en el diálogo de alma y de luz, susúrrola al oído:
—Y sin embargo, también tiene sidéreos resplandores nuestro mundo. Desde allí nos deben ver como otra estrella.
Cierra y abre los ojos. Yo insisto:
—Con la misma pureza, que otra estrella.
Me mira.
—Y por mucha razón que parezca apoyar la unánime ferocidad del mundo, contra todo él hay que afirmarle que es estrella en mitad del Universo y que habrá de ser estrella.