Al apartar de mí la mirada, Rocío déjala melancólicamente caer en nuestro mundo, que debería ser estrella y no lo es, en nuestro barco, que es por todas partes cargamento de crueldades. A la izquierda, en el hundido entrepuente de tercera, y al agónico fulgor de las bombillas, muéstrasenos la incongruencia humana con los dos grupos que forman á uno y otro lado las blancas monjas y las colorinescas prostitutas. Y como queda fija en ellas la angélica compasión de la que tanto puede comprender, no dudo en expresarla las mismas reflexiones que sentí al verlas el primer día: «Símbolos del social absurdo, representan lo que de un modo indefectible se tiende á hacer con todas las mujeres; se las parte sin término medio para ellas: ó lo espiritual, en un calvario de renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.»
—Unas—concluyo—van á aprisionar su juventud sin juventud y sin vida en hospitales y lúgubres conventos argentinos; otras, á servirles en burdeles su beldad sin beldad y sin alma al vicio de los hombres.
—¡Qué horrible!—clama algo del ser entero de la mujer-ángel, volviendo á la Cruz Austral la angustia de los ojos.
Callamos los dos. Pero si ella adora los luceros al rechazo de no poder noblemente adorar lo humano, yo estoy adorando en ella la excelsa humanidad de su belleza divinizada por su espíritu.
—¡Qué horror!—repite suspirando.
—¡Y qué error y qué pena, Rocío!—añado, con el recuerdo de las abominaciones del catequista que pudiésemela robar lanzándola al otro extremo de la vida místicamente cercenada—. Vea: todo es bello y digno en la Creación..., la estrella, la nube, la luz, el mar..., el árbol y la montaña, el pájaro y la flor...; todo es diáfano y purísimo en su mismo incesante cambio del vivir y del morir que realiza la eternidad de la armonía creada por Dios y que cautiva de divinidad universal á nuestros ojos..., y sólo nuestros ojos, sólo nuestra, vida material, sólo la plástica belleza, humana, que en usted, por ejemplo, resume todas las purezas de la luz y de las flores..., habría de ser inmundo y despreciable.
Me mira otra vez la que todo lo comprende, y sonríeme para quedarse agradecida en mi mirada. Su atención de espera es tan intensa como la que hubo de prestarle al P. Ranelahg. Él la presentó el enigma de los odios á la vida. No debo yo en el sentido opuesto defraudarla.
—¿No cree usted, Rocío—la expongo lo más humildemente que puedo, es decir, en interrogaciones, que buscan también mi orientación al fulgor que me está irradiando el ángel de la tierra—que hubiera más egoísmo y cobardía al recogernos al alma limitados á la ambición única del cielo, sólo porque en el mundo nos hiera su barbarie, que no en salvarnos combatiendo esa barbarie y salvando á los demás? ¿De qué, entonces, sirviese la humana, caridad del amor que á usted y á mí nos acongoja porque vemos siempre en torno lo cruel?...
Tiembla en la grandeza de alma de sus ojos la conciencia del impoderío de la chiquilla, que fuese toda, á pesar suyo, de estéril compasión, é interrógame á su vez:
—¡Oh! ¿Y es posible eso?