—¡Sí!—no vacilo en contestar—; con el amor que haga religión amorosa de la vida; con el amor que no odie; con el amor que lo ame todo y lo embellezca, desde el perfume de una rosa y el rosa de unos labios, hasta la desdicha de los que no saben besar con pureza igual los labios y las rosas.

Me corrijo, al advertirle demasiadas seguridades á mis dudas de inseguro:

—Es posible, cuando menos, intentar contra la crueldad que inmediatamente nos rodee la obra redentora. Así, usted y yo bajamos á los pobres y les damos limosnas de dinero. No basta, bien lo sé; pero tampoco las limosnas de oración. Entre las religiosas de la caridad espiritual, que huyen de la vida con espanto, y la vida aborrecida y torturada que por las únicas esclusas sin alma del brutal instinto de las gentes reclama sus imperios como puede y sin cesar, siempre invencible, nunca vencida, yo creo que falta un sentimiento de humanas amplitudes que, fundiendo y concordando á aquellos dos, le entregase á la partida vida sus noblezas. Lo creo, y porque lo creo, allá, en mitad del mundo, en mitad de un abierto campo de España, dejé abandonado á la barbarie el templo de humana religión que le dije á usted que esperaba á la Laura que no fué..., á una Laura allí quizá esperada todavía. Con ella, Venus idealizada por el místico resplandor de la Pura Concepción, mitad pagana, mitad cristiana, habría fundado yo la colonia del amor de todos los amores y de todas las limosnas: para ella, besos de ideal en las flores de su pecho y de su boca; para los otros, piedad que aliviase sus dolores, escuela que combatiese su ignorancia, generosidad que salvase su pobreza, y para nosotros y los otros, hijos de los dos á quienes poder educar de modo que continuasen la misma redención de la vida bajo el manto de estrellas de los cielos.

Extínguese mi voz en un suspiro de oración, y nada más tengo que decirla á la divina humana que nada tiene que reprocharme ni decirme. Han debido estremecerse á mis palabras las flores de su boca y de su pecho.

La noche ecuatorial envuelve nuestras vidas en su inmensidad de maravilla. Los astros son lumbres cuya pureza ilumina á la del ángel. Piensa, tal vez, el ángel, la mujer, en lo lejos que va quedando el triste templo de mi amor, y al girar más la cabeza, ansiando descubrir en los nuevos horizontes nuevas tierras que pudiesen convertirse en templo abierto de los cielos, la sorpresa arráncala una exclamación alucinada.

Me vuelvo y sufro el mismo asombro.

Toda una magia.

A mi evocación, la diáfana tierra de divinas claridades habría surgido del mar y está delante de nosotros.

Está inmensa y radiante en la obscuridad, como una gloria. Isla fantástica, blanca, en blanco incendio de resplandor de paraíso.

No comprendemos, al pronto; no podemos comprender, y juntos y silenciosos nos acercamos á la otra borda con la atracción sobrecogida del milagro.