¡Rocío!
Un cerco de hierro en la frente, un temblor de hielo en las entrañas, y en mi desolación un solo convencimiento rotundo y frío: el de que acabo de perderla..., el de que no deberá, en mi miseria, verme más..., el de que para siempre me alejo de ella en el oleaje de la vida como el negro aquél á quien vimos alejarse en el oleaje de las aguas...
Y lo que más le sorprende á mi corazón es que haya podido sorprenderse ante una realidad de destrozo tan temida durante toda mi lenta obra de soberano mentecato.
Cruzo, cruzo calles...; necio inmenso que huye avergonzado sin saber de qué manera y dónde y hasta de él mismo esconderá su necedad.
A ratos, me paro. Me miran las gentes creyéndome borracho, quizá. Medito correr al Majestic (antes que regresen á él Rocío y Leopolda) á tomar rateramente mi equipaje que me permita escapar de Buenos Aires en un tren, en un buque; pero me vuelve la impresión del guiñapo ó del náufrago que no necesitan para nada meditaciones ni equipajes..., y sigo—acabando á mi vez por hallar imbécilmente divertidas á las gentes y á las cosas.
—¡Eeeh!—grítanme de pronto.
Un tranvía; por un centímetro y un segundo no me aplasta. Sonrío; recuerdo que yo he pisado algún sapo alguna vez, y en el vacío de mi pensar queda un pensamiento: el hombre es una cosa blanda y destripable como un sapo.
A las doce, sin saber cómo, encuéntrome en el puerto. Y sí, sí, desde el punto de vista del guiñapo he acabado por hallarlo todo inexplicablemente divertido. Para transportar carbón los carros llevan los caballos con plumas y platas y escudos, como caballos guerreros. Leo: «Dársena Norte». Fondeado un buque: el «Mafalda»; salen señores y damas del pasaje, muy dichosos. Ignoran que la dicha no es cuestión sino de un centímetro y un segundo. Yo asimismo desembarcaba tan contento una mañana. Yo asimismo creía hace dos horas mandar en la tierra y en los cielos.