Pero un carro está ahora á punto de aplastarme, y recójome á la acera.

Hay que ir por donde se pueda ir muriendo sin peligro.

Cruzan marineros. Les oigo hablar, el italiano, el francés, el alemán, y miro las tabernas y las tiendas de cuchillos donde ellos los comprarán para partirse la barriga. Vuelvo á leer. Políglotas letreros: «Bubet», «Trattoria della Alta Italia», «La Giovane Somellina». Portalones de antros cruzados de vigas y tinieblas. Un borracho que con su mujer come salchicha, le larga á un hijito suyo un puñetazo que le tira contra el suelo.

Y yo sonrío. Radicalmente estoy curado de piedad. ¿Qué me importa? ¿Qué más le importa al sol que ese niño goce ó sufra, y que el padre, porque puede, le suelte un puñetazo?

Aléjome hacia la confusión de los muelles y por mucho tiempo me entretengo en mirar cómo entre dos diques alzan un puente para que pase un vapor. ¡Qué estupidez, tantos vapores! Mil, diez mil, cien mil. Cargaderos de trigo, galpones. Barricas de sebo. Bueyes. Negra multitud de hombres que se afanan. ¡Qué estupidez! Al fondo, el Plata...; sucio, como la vida.

Sigo, sigo, otro siglo ú otra hora.

Estoy ya fuera del tumulto. Aquí no hay más que lanchones de patatas; llueve, por último, y me ampara el cobertizo de un figón. Me ladra un perro y asusto á las palomas. Una moza que suda, pregúntame si quiero almorzar: tiene jamón, vino. Perfectamente. Como, bebo, le echo la mitad del jamón al perro y migajas de pan á las palomas. Son muchas; bajan y vuelven al tejado. Vuela con ellas un pájaro negro con cresta roja, cuyo nombre desconozco. El tampoco lo sabrá—y de seguro las palomas ignoran que se llaman las palomas.

Las veo arrullarse y amarse libremente.

¿Qué dirían si las contase mis tristezas?... «Me veis morirme porque en la bandada humana amé á una paloma que me huyó, y ya la bandada no me dejará jamás amar á la que amo...»

Es decir—rectifico, volviéndome á mí mismo—: si por haberme unido á una mujer la ley de la bandada no me deja unirme noblemente á otra mujer, me grita, en cambio: «¡Imbécil! ¡Ahí tienes la falsedad para engañarla, ó ahí tienes la prostitución en que legal y variadamente te brindo mil mujeres!»