La honorable sociedad. Yo también de piedades y ternuras disfrazaba mi vileza.
¡Oh Rocío! ¡Me esperas; hoy debiera haber sido un día más de los de mi bella farsa en tu delicia..., y por primera vez tardo en volver á ti, sin que sospeches que sea ésta mi tardanza de lo eterno... la fuga vergonzosa del cobarde que te ha envuelto en el ridículo..., del grotesco ladrón que, de tan necio, no ha acertado ni á robarte la inocencia!...
Y sin embargo, á las cinco me acerca al Tigre un automóvil. He releído el informe y ha renacido mi esperanza; quizá tenía razón el hombre de la ley: á Francia, Rocío y yo; la espera; el divorcio... con la voluntad ó sin la voluntad de mi mujer. ¿Le aceptará la noble tantas dilaciones más á la farsa descubierta?... Por lo pronto he visto también que puedo darme tiempo á tranquilas reflexiones ocultándola esta tarde mis angustias.
Tales son mis dudas de puñal y mi propósito cuando llego al Tigre Hotel; cuando ella me recibe blanca, toda ángel..., advirtiéndome la trémula zozobra, lo mismo que su madre, á pesar de mis esfuerzos placenteros.
Sin mí tuvieron que almorzar. No sé desentenderme de las preguntas acerca de mi huída y mi retraso con un pretexto baladí, y... miento malas noticias de España:
—Enferma Elena.
—¿Tu hermana?
—Grave—acentúo, mirando á Rocío, que no puede adivinar á qué hermana se refiere la verdad de mi mentira.
Y como en la mentira se me brinda la oportunidad de dejarle tendido un jalón á la inminencia de horror que desconozco, añado: