—Estuve cablegrafiando. No vendrá hasta mañana la respuesta. Acaso mañana mismo deba irme á Madrid.

Cúbrela súbitamente el rostro un velo de pena en que no entra la menor desconfianza. A su piadoso deseo de tornar á Buenos Aires, opone mi tristeza el de distraernos paseando por el río. Dócil siempre, bajamos á una lancha. Inútilmente Leopolda nos arguye que va á llover y que anochece... Abro el motor, y como una flecha la pequeña nave se aleja de Leopolda—cuyo miedo al agua la hace preferir la espera en la terraza, igual que de costumbre.

Sino que, harto contra la costumbre, á la verdad, por mi ensimismamiento ó por no sé cuál ansia de volar con Rocío á soledades inmensas donde no hubiese leyes ni abogados, la lancha, veloz, sigue y sigue, perdiéndose del Tigre Hotel por el ancho Luján, cauce arriba. Desde el hervor de espuma de la quilla, parte la serena superficie en una ondulación que se abre silenciosa para ir á besar la fronda en las riberas.

Empieza á chispear.

Rocío, la que tanto sabe hablar callando, de alma á alma, respeta mi silencio.

Quedan atrás los embarcaderos, los chalets, el restorán, las últimas cabañas de hortelanos. No rompo mi mudez sombría, ganoso sólo de correr por el río desierto, y limítase la prisionera de mi fe á girarse de rato en rato hacia la proa como á inquirir adónde iremos. Puesto el sol entre las nubes que amenazan un diluvio, la luna filtra su claridad sobre nosotros. Y va arreciando la lluvia; va calando la toldilla, que nos deja caer algunos goterones.

—¡Oh, Alvaro, lloverá mucho, y es tarde!—me dice la que más lo dice atenta á mi preocupación que no á temores.

—¡Oh, sí! Verdad.

Viro. Emprendemos el regreso. Pero aumenta la lluvia, con la cual entablo al fin una desesperada competencia—y en nada de tiempo el manso diluvio nos envuelve.

El Tigre Hotel dista media hora. No hallando más refugio que el restorán, cuyas luces vuelven á brillar entre los cendales de agua, á él nos acogemos.