Un mozo se encarga de la lancha; otro nos lleva á un gabinete.

Pido piña y champaña, según pedí jamón y vino en la taberna, por pagar de cualquier modo los refugios á que hoy me fuerzan los desastres del cielo y de mi alma.

Afortunadamente la toldilla nos protegió hasta aquí, bien ó mal. Rocío tiene apenas que quitarse el jersey y el sombrerito de blanco fieltro, y sacudirse un poco la falda.

Por los vidrios del balcón mira cómo cierra el aguacero el horizonte. Resignada, se sienta; yo, con la barrera de mi indignidad ante la dignísima, voy á caer en el diván—lo más lejos posible.

Quedo muy triste. Es más violentamente torvo el silencio en esta confinada soledad. Empieza ella á sentir la desorientación del obstinado hermetismo de mi pena, que la huye.

Apoyado en la mesa el codo, está bajo la lámpara. La contemplo, la contemplo. Su obediencia en toda nuestra correría á través de lo insensato, me sigue revelando la grandeza de su espíritu. La belleza de su rostro, además, y la beldad de su viva vida entera, van lentamente saturándome de lo que he de perder al perderla. Habrá de arrebatármela el rigor social por encima de ella misma.

Este pensamiento me hace recogerme á las rodillas en una convulsión de impotente rebeldía, y Rocío, que lo advierte, se me acerca.

—¿Qué tienes?—pregunta, posándome en el hombro la caricia de su mano.

Mas no sabe contestarle mi esquiva pesadumbre, y se sienta junto á mí, volviendo á demandar, á la vez que procura atraerme compasiva con el brazo:

—¿Qué tienes?