¡Oh, qué tengo! Lo que tengo es un ansia inconfesable de esta caridad que se me brinda; y en otra convulsión refugio contra ella mi dolor. Así permanecemos, y así se acrece insoportablemente mi martirio, porque, envuelto por su alma, estoy oyendo el corazón de la que es tesoro de todos los hechizos. Cruel la suerte que de tal manera háceme sentir cuanto habrá para siempre de quitarme, lloro; y como Rocío, al notarlo, álzame la frente insistiendo: «¿Qué tienes, Alvaro? ¿Qué tienes?», é intenta besar y besa santa mis lágrimas..., yo, en un ímpetu, en un exasperado impulso de apoderamiento loco, beso y retengo contra mi boca, como para la eternidad de una agonía inmortal, la boca ya ungida por mi llanto.

Beso muy hondo, beso muy largo; beso sin fin, al que un afán de morir matándola le da la voluntad de irla aspirando hasta el último aliento de la vida. Beso insaciable de vampiro que la agota, que al desfallecer le desfallece y que hácela cerrar los ojos y continuar siempre el beso pálidamente reclinada é inerte en la corona de reposo que por último nos forman nuestros brazos contra el brazo del diván...

Mas ¡ah!, lo estúpido turba la letal gloria de veneno y nos fuerza á separarnos. Me he levantado al ver entrar al camarero, que, á no dudar, nos cree una impaciente pareja de aventura. Sin tiempo ó fuerzas para incorporarse, Rocío permanece medio tendida y como dormida, ahorrándose sonrojos.

Sigo contemplándola, en tanto el camarero ordena copas y cuchillos.

Es tan bella, que el pobre hombre retarda su faena por mirarla y envidiarme. Y me daña tanto, últimamente, el sarcasmo de envidia tal en el que no puede pensar que mi «aventura» redúcese á un adiós tristísimo á la hechizada hechizadora, que el nuevo choque de la dura realidad en mi vida, llena de los fuegos de su vida, me arranca del corazón una centella.

Una centella, sí..., y con la instantaneidad de las centellas, negros antros de mi ser se han alumbrado: la virgen, la novia, la confiada á mi fe, la toda mía... lo será, y sólo cuando al lado allá del deshonor se vea atada á mi farsa, tendrá que aceptarla sin remedio.

¡Oh, sí!

En cuanto el camarero sale, lánzome á la puerta y cierro el pasador. Al volver, le llevo á la alarmada una rueda de piña y una copa de champaña—pensándole á la escena una preparación de gentil galantería. Pero suelto el champaña y la piña, de pronto—cierto de que no sé ni sonreír, de que todo tendrá que suceder de un modo torvo y casi tétrico—y llegando á la que por no agraviarme demás ha reducido sus alarmas á incorporarse sobre el codo, me siento junto á su cuerpo en el diván.

Nos miramos un momento: yo á ella duro y hosco; ella á mí con la humilde dulzura de una víctima.

—Rocío—la digo secamente—, me confesaste una noche que crees en mí como en Dios, por encima de pudores y temores. ¿Es esto verdad?