—¿Por qué lo dudas?

—Por nada, y no lo dudo; pero por algo que no debe importante (si es cierto que crees en mí de tal manera), yo ansío la prueba completa de tu fe en la realidad, y te pregunto: si quisiese verte ahora mismo desnuda y si mi afán de tu beldad quisiese tenerte toda entera, ¿te vería? ¿te tendría?

Cierra los ojos. No contesta.

Al asombro de lo brusco que la ha dejado caer mi voluntad, sucede en su cara la melancolía de una sonrisa. Con tal angustia se fuerza en comprenderme, que adivino el proceso de su comprensión á través de sus párpados cerrados y en la sonrisa que se la va dilatando y haciéndola expresar una triste y recóndita alegría. Debe de pensar que, en mi obsesión del «viaje á España», durante toda la tarde he estado meditando el modo de asegurarme su amor, no importa cómo, contra olvidos de la ausencia.

¡Oh, la generosa!

Aparto de su bello error el designio mío, en que es preciso que el engaño la haya de ser irreparable, é insisto con igual lenta pesadez:

—Di, Rocío; dime..., ¿te tendría?

Mi acento, mi crispación, mi rigidez siniestra, mi sorda maniobra de antes al cerrar el pasador..., todo, todo la confirma el sacrificio de amorosa que no habré de perdonarla; el sacrificio de pudor á que no puede negarse sin negarse ella propia en la divina sinceridad que me mostró más libre en otra noche; el sacrificio de fe que torpe la está imponiendo el que «por falta de fe para una breve ausencia» se lo exige..., y la dicha y la amargura al mismo tiempo mantienen en el silencio su sonrisa.

—¿Te tendría?—acósola implacable, acósola más duro, posándola como una garra una mano sobre el pecho para más intimación.

La veo ahora abrir los ojos de esmeralda, fijarlos en mí todavía, en vano suplicadores un segundo, girarlos después con pena al ajado lujo de este inmundo saloncillo que yo hubiésele elegido por cámara nupcial á nuestro amor, siquiera digno de otro ambiente..., y á la vez que cierra de nuevo los ojos y abate y gira la cara al otro lado en la cabecera del diván para esquivarme los rubores que la abrasan, la oigo ceder á mi terquedad en un suspiro: