—¡Sí, me tendrías!

Queda á mi merced.

A menos de crueldad, he de ser yo quien la desnude.

Podría envolverla á besos en narcotismos de pasión que salváranla de frialdad ingrata en el despojo de sus ropas, y sin saber por qué, sólo acierto, temblando, á empezar á soltar trabas y corchetes por su peto, por su talle. Suelto un imperdible de oro, en su garganta, temblando. Suelto unos botoncillos de nácar y unas cintas temblando, temblando.

Temblor de un ladrón que se desliza á las vírgenes purezas de una vida, pronto la tibia palpitación de estas purezas entre diáfanos encajes me turba con el sacrílego estupor de un ladrón que lo fuese de la gloria.

Torpe y ávido aparto en el santuario de su pecho los últimos cendales...

Y ¡sí!, ¡sí!..., ¡glorias! ¡Dos glorias han surgido en la sagrada y viva nieve que me quema!

¡Dos glorias! En una de ellas pesa paralizada de terror divino mi mano de ladrón, y mis ojos la miran con divino espanto y miran á la inmóvil virgen profanada que se muere.

¡Ah! Un miedo singular me petrifica. Por un rato no he acertado sino á retirar la mano del ultraje á pureza tanta; pero mis ojos fascinados van hundiéndose en la neta realidad de la traición inicua que realizo..., en la rufianesca sensación de lo brutal, de lo grosero, de lo villano, de lo cobarde que estoy haciendo con la noble abandonada..., y en la súbita y colérica indignación de la repugnancia de mí propio álzome rugiendo:

—¡Levántate! ¡Despréciame! ¡Nos vamos!