La silla que ella antes ocupó me sirve para ir á ocultar sobre la mesa, de bruces, el cieno de sollozos en que rompe mi ser mientras trata de recobrarse de su nuevo asombro la asombrada..., mientras al fin me obedece y arregla rápida y sombría el desorden de su pecho.

Esto ha sido mi galantería en el galante restorán.


Al poco estamos en la calle. No llueve. La luna nos alumbra. Dejado á quien quiera el encargo de conducir la lancha al Tigre Hotel, caminamos por las mojadas aceras, que reflejan la luz de los faroles, tal que dos espectros, un poco separados uno de otro, sin habernos vuelto á cruzar una palabra. Soy yo, cuando queda atrás el caserío y tomamos la avenida á la sombra de los árboles, quien, como en un soplo de las negras confesiones de su alma, pronuncia las primeras:

—Rocío, ¿recuerdas?... La última noche que pasamos en el mar te dije que no me conocías nocías y que pudiera ser un miserable. Muy miserable en otras noches habíame descubierto á ti la saña de purificación de mi pasado, y juro que en aquélla parecíame purificado hasta no creer esto que sigue siendo la verdad: que soy un miserable.

Su confusión es tan grande, que nada puede comprender.

—Un miserable que te ha mentido siempre, siempre...; que hoy también no ha cesado de mentir, y que con mi última traición, ladrón de amor, habría querido robarte los decoros entrando de puntillas por tu alma. Ni está mi hermana enferma, ni es cierto que haya recibido noticia alguna de Madrid: sólo lo es que jugaba á lo inicuo con todas las purezas y que soy un miserable.

Me mira, y vuelve á bajar los ojos. La aturdo. No puede entenderme; no puede creer ladrón de amor á quien la acaba de renunciar de tal manera.

—Escúchame—prosigo—. Juntas nuestras compasiones lloraron demasiadas veces sincera y pródigamente generosas la miseria y el dolor ajenos, y la tuya, tan santa, tendría ahora que volverse á mi infinito dolor de miserable por el daño que me he hecho con el daño que te he hecho. Habrás de odiarme y despreciarme, y ya ves tú si cábele á crimen alguno de la tierra castigo más terrible. Pero diciéndote mi infamia, y porque siquiera me reste en tu desprecio tu piedad, déjame evocar al mismo tiempo en nuestra historia algo que pueda un poco disculparme. El ratero de tu amor, mendigo ya únicamente de las caridades de tu alma, guarda, como las que han estado á punto de servirle de ganzúa, otras palabras tuyas, á que se ampara al fin un desdichado: «Si me causases un mal pensaría que me lo causases contra tu voluntad y noblemente.» ¡Ah, Rocío!, esto me dijiste, y no; noblemente, no; que no admite noblezas la doblez; pero sí, acaso, y sólo, torpemente.

Hay un monótono ritmo en la desesperación cuando se arrastra sangrienta y destrozada, y tras un descanso de aliento lo recobro: