—¿Recuerdas?... Al embarcar en Cádiz yo era un enfermo de pesares de la vida; un hombre enloquecido por la brutalidad del mundo; un místico visionario de purezas, de ideales, que al huir en las Placer y Eyllin los escarnios del humano amor que él soñó divinizado, te encontró divina..., á ti, niña tan niña que llevabas la inocencia del ángel en los ojos y las trenzas á la espalda. Trece, quince años—supuse yo, que aun ignoro los que cuentas; una madre, dos venerables sacerdotes y una virgen del altar guardaban tus candores. ¡Ah, di, Rocío..., para el pobre ansioso de ideal, para el mísero que con todo su posible sedimento de vilezas venía arrancado del consuelo de una hermana, ¿podrían juntarse en ti misma y alrededor tuyo mejores garantías de la lealtad de su intención?... Como á otra hermana te elegí, por niña, por dulce niña triste, triste como yo y única que, al no jugar con las demás, amaba las soledades donde mi corazón podía rendirte adoraciones que no importaba que nunca conocieses... No sé cuál sucesión de insidias flotantes sobre nosotros pudo hacer que aquel melancólico leal ansioso de castidades infantiles, sin notarlo, sin que acertase al menos á estimar el preciso instante del funesto cambio para haberle opuesto la voluntad que lo evitara, pasase á ser el mortalmente prisionero del alma y de la vida de la niña aquella del vapor; no lo sé, y se me ocultará eternamente incomprensible de no achacarlo á la magia que en la niña, por conjuro ó portento más incomprensible todavía, consumó la transfiguración á la mujer que temblaba hace poco entre mis brazos. ¡Oh, Rocío, Rocío..., á la verdad que si en los amaneceres del mar el genio que iba á operar el prodigio hubiese querido mostrarnos en proyección de porvenir, la niña de trenzas á la espalda no hubiese concebido que fuese ella misma esta mujer dolida que va escuchándole su traición á un miserable!... Mujer: no eras la mujer..., y esa traición del genio que me engañó en la niña, contiene la razón, la única razón de sus traiciones... ¿Recuerdas? Yo no te hablaba de amor; nos hablábamos de almas; nos fundimos en las almas; por ternuras de las almas te besaron mis labios una vez..., y al fuego de tu vida se fundieron en las almas nuestras vidas... ¿Recuerdas?... La mañana dulce, bella..., el negro..., tu desmayo..., mis besos y mi enorme abrazo de piedad... Supe entonces de mi amor y de tu amor y fué tarde para desvelarle á la mujer lo que antes no le hubiese interesado á la chiquilla... Recuérdalo... ¿Lo recuerdas?, ¿lo recuerdas?... A la chiquilla le había contado pocas mañanas más atrás mi pena de una Laura que asesinó mis ilusiones, y ahí estuvo mi culpa ó mi torpeza, que ya debiera quedar inconfesable entre los dos: te mentí; aquella Laura del Carnaval horrible, no era mi novia: era mi mujer, es... mi mujer.
—¡Tu... mujer!
Detiénese, espantada como si la sima de mi infamia hubiérase abierto en el camino.
El faro de un automóvil que nos alcanza y nos pasa lanza nuestras sombras fantásticamente alargadas, á los troncos de los árboles. Su sirena se aleja resonando en lamento clamoroso.
Y los fantasmas volvemos á marchar—un poco oblicuamente ante mí la desdichada que lleva roto el corazón.
Yo la he herido. Con la misma calma de ferocidades sin remedio he de ensancharla las heridas para atenuar en lo posible mi infamia y sus angustias.
—Laura vive; pero Laura murió y está muerta en mi alma—digo, arrancándola lo primero el puñal de que mi anunciado «viaje á España» hubiera de haber sido por Laura que me aguarde—. ¡Nos unió una ley cruel, y nos separó hace muchos años el desprecio! Libre mi vida y mi corazón, y sólo mi nombre esclavo de una ley absurda, en la posibilidad de romper con el divorcio tal absurdo, en este país de libertad á que veníamos, descansó mi conciencia del dolor de la única mentira (¡de la única que te he dicho jamás!) al saber que te adoraba. Mas, ¡oh!, posibilidad, no seguridad, la mía, escondida en mis tremendas dudas tuvo que permanecer la indecisión de mi esperanza; y no otro tuvo que ser también el secreto que le seguí guardando á la niña, cuya voluntad no se había revelado aún sino en luces de los ojos; no otro el secreto que mi vergüenza le siguió guardando á la mujer enamorada; no otro el secreto que para mí propio he ido guardando día tras día entre el ansia y el horror de que mi consulta á quien pudiera resolverlo en gloria resolviéralo en catástrofe..., y no otro el secreto, en fin, resuelto ya en catástrofe, porque mi divorcio no se puede efectuar en la Argentina y sí nada más en Francia á través de no sé qué dilaciones de obstáculos y años, que, por forzarte á afrontar esos obstáculos, me acaba de impulsar á la traición de encadenarte á ellos y á mí por tu deshonra. Demasiado noble, demasiado pura para mí, á tiempo, afortunadamente, ha podido tu pureza infundirle al ladrón un respeto religioso. Aborrécele; pero concédele tu perdón, tu caridad..., á cambio de este papel que esta mañana recogí y que te patentizará su torpeza más que su vileza.
He sacado el informe. Tal que su llaga un leproso, se lo muestro á la luz de una farola. Lo toma. Detiénese y lo lee con indolencia triste. Me lo devuelve...
Seguimos silenciosamente avanzando al Tigre Hotel, que ya se ve á cien metros.
Nada me ha dicho. Nada que no sea una digna majestad de mártir puedo en ella traducir.