—Rocío—imploro al pisar la escalinata—, ¿qué piensas de mí?

Y como me retardo, un momento gírase hacia mí, solemne:

—Déjame el espacio de esta noche para que lo piense y sepa contestarte.

—¡Oh, Rocío, Rocío! ¡Siquiera tu piedad!

Entramos.

Mantenida en la dignidad de sus decoros, lo explica breve á su madre la tardanza.

Al regresar en el tren, ella no desdeña intervenir melancólicamente alguna vez en la charla á que me fuerzo con Leopolda—la cual, aunque su discreción lo calla y la mía procura distraerla, comprende que algo horriblemente ingrato nos sucede.

IV

La espero en el bar, donde la he esperado tantas veces y adonde ya hoy acaso no vendrá. He dormido en la hipnotización de la sonrisa que substituyó anoche á nuestro beso, y mi vida no es más que la melancolía de una sonrisa. Calma extraña, recogida en la triste compasión de la que al menos no me odia.

El sol tiende por la galería la alfombra de colores con que lo tiñen los cristales. Se halla no lejos la viajera llegada anteayer. La inmóvil, la aislada, la muda de extraña belleza monstruosa. Vestida de blanco, y muy blanca su cara y sus manos exangües, recúbrese de alhajas y tiene el pelo negro y unos ojos inmensos que miran con fijeza sepulcral. Es jorobada y paralítica, esquelética; dos viejas sirvientes condúcenla al sillón, retirándose detrás á sentarse, y ella ha contemplado en las dos pasadas mañanas, con sus ojos inmensos y hermosísimos, la pareja de triunfo que formábamos Rocío y yo ante el sarcasmo de su vida.