Irradia una simpática resignación de mártir, y la envidia con que sigue contemplándome hiere el idéntico sarcasmo de la vida mía, que ella no sospecha. Somos la misma burla de la suerte.
Mas... ¡oh! Acércase Rocío; me lo advierte una leve inmutación de la jibosa, al verla en la escalera.
Me levanto. Viene pálida. Vuelvo á sonreírme como anoche, y en vano tras la serenidad de su piedad pretendo escudriñar lo que acerca de nuestra situación hayan podido concretarla la noche y el insomnio. Acaban de entregarle dos cartas para mí; las leo, mientras el camarero nos sirve.
El ministro brasileño Rego da Silva nos convida á una cena «en que estará también el ilustre dramaturgo español Carlos Victoria», y luego á Parsifal; y los Rialta á una excursión campestre, á una estancia, mañana, si tenemos libre el día.
—¡Oh!—me limito á lamentar, al darle á Rocío las cartas, cierto de que no querrá exponerse más al ridículo en que la han colocado mis torpezas.
De tal modo he ido en ellas envolviéndola, que así á mi nombre la invitan siempre, con su madre, como si fuésemos una familia cuya representación ostento: como si fuese mi mujer. Y mi gratitud hacia la abnegada que no me quita hoy, al menos, la sensación de la hermana que sola y confiadamente desayuna con su hermano, anticípale consuelos inefables al fallo que irá á decirme el honrado rigor de su conciencia.
—A Parsifal—me dice, dejando los pliegos sobre el mármol—iremos, si quieres. Mañana, á la estancia, no. ¡Oh, mañana! ¡Habrán ocurrido mañana tantas cosas!
Me estremezco. Indicación al enigma que irá en seguida á descifrarme; pero inútilmente lo espera mi ansiedad.
—¡Cuáles!—No puedo, al fin, por menos de excitarla.
—Aún no las sé. ¡Es tan dulce jugar á la inocencia! Déjame seguir sin querer siquiera pensarlas todo el día y pregúntamelas al salir de Parsifal.