Se inclina. Toma el café á cucharaditas. En su sonrisa leo su decisión: habrá resuelto partir mañana de mi lado, en rápida fuga, además, de su falsa posición en Buenos Aires, y desea que hoy sea el último día de nuestra calma en el olvido. No me asiste el derecho de turbarle á la generosa esta mísera ampliación de «su engaño» con impaciencias ni súplicas estériles. La pedía su caridad y me la otorga.

Parecemos dos hermanos á quienes les ha ocurrido una catástrofe de cuyo bochorno no sabrían hablar sin removerse sus angustias, y á la mutua campaña muda le fiamos el consuelo.

Terminado el café, propóneme salir; trata de que distraigamos en las calles la obsesión que, ahondada en reflexiones, se nos hace intolerable, haciéndosenos mortal.

Al poco vagamos por la Avenida, con Leopolda; miramos los escaparates. Entran luego en las tiendas, y algunos de los objetos que adquieren convéncenme de que han salido expresamente á adquirirlos. En una perfumería, Leopolda se surte abundantemente de éteres y sales; en un bazar, Rocío compra un neceser, una pequeña maleta, que habrán de enviarle al Majestic, y en una librería, las Conferencias, del P. Félix, El arte de crecer, de Augusto Nicolás, y El mundo de Dios, de Lepton. Lo inminente se me impone. Propósito terrible el que confirmo. Son los preparativos del viaje que de mí las separará mañana eternamente.

Ni me atrevo á interrogarla, ni debo con lamento alguno reinducirla á explicaciones tan necias como inútiles. Concentrado en mi yerta persuasión, la contemplo—afanoso de fijar cada uno de sus gestos y ademanes; la contemplo cual si, en fuerza de quererlo, pudiera absorberla y guardarla toda dentro de mis ojos.

Novios que hemos llegado casi á ser amantes sin cruzarnos un «te adoro» y sin los infantiles trueques de cintas, de pelo, de flores secas y retratos, no me restará ni la reliquia de su imagen cuando mañana sólo tenga su lejana caridad.

La detengo de pronto, porque la vitrina de un óptico recuérdame mis antiguas aficiones.

—Rocío, el día está espléndido. Paseemos entre flores. ¿Quieres? Compraré un veráscopo y haré durante la tarde cien Rocíos pequeñitas..., cien retratos tuyos para mí.

Compréndeme la angustia en toda su extensión, y accede agradecida.

Entramos. Elijo un veráscopo, al cual proveo de tres almacenes de placas; dejo pagados también, con orden de que me los remitan al hotel, las diapositivas, el revelador, las cubetas, una linterna roja y un estereóscopo.