Llegamos al hotel de Silva. Alta etiqueta en que encajan bien las elegancias de Rocío. Viste un blanco traje de gasa, cuyo cuerpo ciñe delicadamente la elástica opulencia del suyo, hasta la rosada nieve del escote, y luce en el oro del peinado una diadema de perlas. Está Carlos Victoria; en la arrogantísima mujer no reconoce á la niña del buque; por el parecido y por Leopolda, cree, al pronto, que sea una hermana mayor.
Nos sentamos los seis comensales á la mesa, regada de pétalos de flores.
Entre la discreta conversación, sírvennos los platos tres criados de media roja, y los vinos un jigantesco abisinio de exótico uniforme.
La señora de Silva es una de las damas más celebradamente hermosas de Buenos Aires; plácela acompañarse de Rocío en los paseos, en los teatros..., porque sabe que si una mujer muy bella es un encanto, dos mujeres muy bellas aumentan de una á otra la beldad y el estupor que esparce su presencia.
En el enorme teatro, un poco cansado el público de las grandezas del lírico banquete sin entreactos (al modo de París), á pesar de las semitinieblas vuelven los gemelos á fijarse en la señora de Silva y en Rocío. Va terminando la ópera.
Semiobscuridad de catedral. Recogimiento y unción de catedral. Mística llamaba á los espíritus por el genial espíritu de Wagner. Cuando niño pasé en las catedrales horas como éstas, entre olor á inciensos, sin noción del tiempo, purificado en beatitud y adorando en los altares á una Virgen. Aquí, la virgen de alma únicamente está siéndolo Rocío.
Como bajo la, voluptuosidad de un día de sol en la primavera de los campos el alma materializada cae á los ojos, á los sentidos, á todo el cuerpo, para no ser sino cuerpo también é ir derramándose en sensual emanación por la Naturaleza inmensa..., bajo la voluptuosidad de los grandes dolores el cuerpo se sutiliza y se funde al alma para no ser también sino alma é ir derramándose en eterna comunión con purezas inmortales que están por encima del mundo.
Mi impresión (y juraría que la de esta Rocío que ha escuchado á Wagner adormecida en mis ojos) es la de estar existiendo en un limbo de cosas irreales..., de cosas que jamás podrán dejar de ser porque nunca hubieran sido. No hay más en nosotros ni en torno nuestro que su piedad y el fondo de dulzor de mi desdicha: su piedad es Wagner, y ha sido la consagración del Graal y esas polifonías armónicas de las brisas de las selvas... He olvidado los hechizos de la carne que vi en la amorosa abandonada, y el ángel y el perdón del ángel nada más están conmigo.
Crisis de mi ser ante ella, ante mí propio y ante todo. Durante la representación, absorto alternativamente por el templo de la escena y por la adoración á la mujer que al robárseme habrá de quedarme siempre en eucaristía de su piedad, he tenido largamente que pensar si no seré yo el equivocado, el equivocado con mis directos é intensos impulsos del vivir, y si no serán los verdaderos hermenéuticos del sentido de la vida éstos que la cercenan y reducen á fórmulas austeras: los Rego da Silva, con sus serias etiquetas, que ahogan la espontaneidad del corazón; los Wagner, que sobre el dolor de los humildes de la tierra pregonan la miseria humana del amor, exaltando el cruel dominio de lo aristocrático y lo heroico: los P. Ranelahg, en fin, predicando la renunciación al mundo en nombre de la gloria. No lo sé; pero no tendrían razón, entonces, las violetas que nacen sólo para el valle. No lo sé, y no lo comprendo. ¡No lo comprendo!
Cae el telón. Aplauden. Ilumínase el teatro.