El público desfila.
Hiéreme en las escalinatas regias y en el foyer de jaspes y columnas lo que en los místicos y heroicos wagnerianos de dentro de la sala vuelve á no ser heroico ni místico al contemplar el paso de la señora da Silva y de Rocío, las dos vivas beldades. Si rugiesen las miradas, irían cruzando las dos entre un rugido de lujuria... ¡Oh, Wagner! Y ésto, en el pórtico del templo.
El automóvil de los Silva nos recoge con ellos y nos lleva volando hacia el hotel. Vuela también el tiempo del limbo de mi dicha que se acaba. El fatídico mañana se acerca con la impasible velocidad de lo espantoso. «Pregúntame, después de Parsifal.» ¿Qué irá á decirme Rocío?... Un adiós, quizá un último beso sin inútiles palabras.
Cuando el ascensor nos deja en nuestro piso del hotel, aléjase Leopolda.
Rocío y yo permanecemos torvos frente á frente, sin mirarnos.
«Pregúntame al salir de Parsifal»—me dijo.
Me da miedo, un miedo horrible preguntarla, y ella, que lo advierte, anticípase sombría:
—Dentro de medita hora te esperaré; ve á buscarme.
Y rígida, lenta, se aleja. Es una sombra blanca por la luna.
¿Qué se propone?