La he visto muy pálida; no me han mirado sus ojos; no me ha dado siquiera la alianza de su mano..., y la súbita impresión de...
¡Oh!
Con un mundo de confusiones encamínome á mi cuarto.
V
A la media hora, invertida en cambiar por otro mi traje del teatro, cruzo entre el sueño del hotel las galerías. No sé á qué ni dónde voy de mi destino.
Cerrada la puerta del enigma.
Al apoyarme en ella á tranquilizar mi corazón, se abre.
La mano de conjuro que la ha abierto, vuelve á cerrar, sin ruido—y me guía en la obscuridad á otra puerta que cierra también tras de los dos. Avanzo, mientras el negro fantasma que antes era blanco echa la llave, y siento después que se me acerca:
—Tú te crees un miserable; yo, lo soy. Para decírtelo y probártelo te llamo.
—¡Rocío!—suspiro con la pena del dolor de ella por la ruindad de que haya podido contagiarla.