Estamos en su dormitorio, situado salón al medio frente al de su madre, y al fulgor de luna que recogen las vidrieras de un balcón. Las sedas claras del lecho esfúmanse en el fondo. Una mesita sostiene en un vaso mi camelia, junto á dos tazas y un samovar bajo el cual arde el alcohol lívidamente.
Tuerce ella un conmutador, encendiendo un globo azul en el techo, y torna á mí.
—Por si esta noche—me anuncia—es la última que tomamos juntos el té..., ¡ve!, lo preparaba.
«La última». Frase de mis obsesiones; sus labios me la confirman.
Entretiénese poniendo azúcar en las tazas. Está tan pálida, tan sobrenaturalmente transfigurada en su expresión, que la desconozco. Como á Carlos Victoria, me parece una hermana mayor de ella misma que aventajara su belleza por milagro. Si á explicármelo no bastase la emoción que la sofoca, atribuiríalo al negro ropón que la envuelve desde la barba á los pies y al peinado deshecho que descúbrela la frente pana caerla en nudo pesadísimo á la espalda. ¡Ah, sí; yo la había visto siempre con los bandós de oro arcangélicamente pegador á las sienes!
—Mira—vuelve á decir, con su voz y su sonrisa apagadas y siniestras—. El té tendrá esta noche algo de mis gustos de chiquilla. Las monjas de Nueva Orleáns lo hacían así. ¿Te gustará? Clavo, canela y cáscara de limón cocidos con la leche.
Me sobrecoge una trágica impresión. Completamente desconcertado, hallo raro que para nuestro adiós me reserve tal dedicación de sus gustos infantiles.—Vierte té en el samovar. Ante la dificultad de sus movimientos en el abrigo forrado interiormente de pieles, que asoman á los bordes y que pesadísimamente la maniata, quiero adivinar qué ropas sean las que debajo me oculte..., de viajera ó de sencilla penitente que quizá al amanecer y con su madre haya de ir á confiarse al P. Ranelahg.
Tibia, calurosa la habitación, lo que la extenuada pretende abrigar no puede ser sino lo yerto de su alma. El neceser, la maleta y los libros santos que hoy compró espárcense, los unos, aquí, al lado nuestro, en la mesita, y los otros, en un rincón, como atestados de lo preciso para un viaje.
¿Adonde el viaje..., á la tierra por la tierra... ó al convento?
Da lo mismo. A las eternidades de mi ausencia. No dudo más que no se la alumbrará á mis ojos el sol del nuevo día. Tal vez su madre, que sabe sus purezas, no ignore que ella me despide hermana y celeste como nunca en esta noche.