Mas... ¿á qué, entonces, guardarse la angélica conmigo tras de llaves y misterios?... La veo apagar el alcohol, dejando que el té se repose; veo además en la mesa un paquete encintado y lacrado que dice: «Para él»...; un extraño paquete que irá á abrir y á leerme..., testamento de la lúgubre que me esconde en el secreto profundo de la noche por mostrarme únicamente el mimo de agonía de sus sonrisas..., y..., ¡sí, sí!, mirando como una redención las tazas, vuelve á cruzarme la sospecha del veneno. ¿Fuesen tan heroicos su amor y su piedad que deseasen...? ¡Oh! ¡Cómo yo sabría morir en la delicia del último aliento de su ser!
Abrúmame á una silla la delicia. No cesa Rocío de observar mi ansia hacia el «testamento» de su amor, y rodeando la mesa acércaseme de nuevo y me dice, tal que á un niño torpe y terco:
—Durante mucho tiempo has sufrido la inquietud de averiguar lo que yo escribía, cuando por escribir te me hurtaba algunas horas. Ahí lo tienes. Eso. A ti.
De un gesto contiene mi impulso de tomarlo.
—No. Aun no. Mañana no estaré en Buenos Aires. Lo abres entonces; lo lees. Dentro encontrarás la indicación de cómo y dónde mi alma, al menos, queda esperándote siempre.
Es su sentencia. Al escuchársela expresa, por fin, me recorre un calofrío.
Está á un paso de mí.
Tras una pausa en que, alto su rostro, alumbra bien el globo del techo la lívida expresión de su amargura, me pregunta, mesándose atrás el cabello con un rápido movimiento de las manos:
—¿Cuántos años crees que tengo?
En vano para inquirirlo acentúola mi atención.