—No lo sé—tengo que responderla.

Y es cierto que no lo sé ni puedo saberlo, porque hay un grado de intensidad de la belleza, cuando llega hasta el prodigio, que triunfa de la edad. Nadie piensa en los años de la juventud perenne de una estatua.

—¿Cuántos años—varíame su insistencia—crees que tenía la niña aquella del vapor?

—Quince—me es ahora más fácil contestar.

Sonríese amargamente.

—Bien, sí, ven. Vas á ver las joyas de la niña.

Diríjese á un armario; la sigo. Lo abre. Percibo la finísima esencia de las blancas ropas, según ella las remueve buscando un cofrecito. Arrodillada, empieza á sacar de él medallas, cruces, rosarios de oro y pedrería. Por un extremo, de sus ropas adviértola de improviso los dedos de un pie, que ella en seguida esconde..., y... ¡oh!..., veo que está descalza..., descalza!...; lo cual compruébame horriblemente que descalza piensa ir en humildad de penitencia á su convento. Sigue mostrándome alhajas. Conságrale á la tarea tal calma, que yo sonrío de etérea gratitud imaginando que en la monja de mañana, en la divina muerta para mí, sea ello el elegido juego de inocencia con que piensa entretenerme el resto de la noche.

Pronto, sin embargo, me aturde la sucesión de cosas profanas que va enseñándome, impropias de una niña: anillos con brillantes y esmeraldas de altísimo valor; collares de gruesas perlas; pulseras y solitarios de fausto regio; dos broches de liga, también con diamantes y zafiros... Tantas joyas, que constituyen un caudal. Las voy mirando y devolviéndoselas. Ella ha caído sentada á la alfombra, y me muestra luego de una vez las que quedan en el cofre...; vuelve á guardar á puñados desdeñosos las del suelo, y al alzarse, últimamente, e invitarme á las butacas de cerca del balcón, ya no sé impedirme sospechar que no haya puesto Rocío en lo que ha hecho algo más que un juego de chiquilla.

La incongruencia vibra en mí, en, tanto ella, después de servir las tazas, me entrega una y va con la otra á ocupar la anchísima butaca de enfrente. O son esas joyas de su madre ó algo muy singular significaría que hubieran sido de la propiedad y el uso de una niña de quince años, de la colegiala de Nueva Orleáns, del ángel del Victoria Eugenia.

Domino mi curiosidad—puesto que la enigmática parece ir siguiendo en todo un plan preconcebido. Bebo, bebo el té, y lo cierto es que, si es veneno, me sabe á veneno de la gloria; mas no beben ni dan las envenenadoras de amor sus venenos, en verdad, con esta distraída displicencia de atención, puesta en otras cosas, con que va tomándolo Rocío.