Por no espiarla más en mi constante fracaso de supuestos, de torpezas, vuelvo á mirar la habitación. Lujo y buen gusto de un hotel, en cuanto cabe. La alfombra y los muros son pálidamente verdes; el lecho, de caoba, y bronce, tiende sobre los almohadones el damasco verde agua de la colcha...

—Alvaro—interrumpe Rocío mi observación—, ¿me has querido mucho?

—¡Oh!—me hace contestarla la sorpresa de oirla así—; y... ¿por qué haberte querido? ¿Por qué no preguntármelo en presente?

Vuelve humilde á sonreír. Nota que he terminado el té, y corto su intención de levantarse á recoger mi taza, yendo por la suya. Las dejo en la mesa.

—Alvaro—óigola de lejos añadir, divagadora—; nunca nos hemos hablado como novios. Sería bien que, al dejar de serlo y para dejar de serlo, esta noche me permitieras preguntarte todas esas menudas y bellas cosas que los novios se preguntan.

La baña la luna—novia excéntrica, toda envuelta en la negrura del abrigo. Paréceme grato, si ha de hablarme como novia de un ensueño, poder mirarla y escucharla al fulgor de ensueño de la luna..., y pidiéndola permiso, acércome á la llave de la luz, la apago y vuelvo á mi butaca.

Ya es de ensueño la intangible. Recostada en la honda concha del alto respaldar, creyérase que duerme. Sobre el denso luto de su cuerpo, la luna realza blancas las abandonadas manos y la faz con clarores diáfanos de alma.

—¿Me quieres mucho?—interrógame esta vez.

—Sí—contesto—; pero la frase le es pobre á la sencillez de tu grandeza. Te amo mucho.

—Explícame la diferencia de una y otra cosa. Explícame lo que para ti mi amor significaba.