FÁBULA VIII
Las Ranas sedientas.
Dos Ranas que vivían juntamente,
En un verano ardiente
Se quedaron en seco en su laguna:
Saltando aquí y allí, llegó la una
Á la orilla de un pozo.
Llena entonces de gozo,
Gritó á su compañera:
—Ven y salta ligera.
Llegó, y estando entrambas á la orilla,
Notando como grande maravilla
Entre los agostados[285] juncos y heno
El fresco pozo casi de agua lleno,
Prorrumpió la primera:—¿Á qué esperamos,
Que no nos arrojamos
Al agua que apacible nos convida?
La segunda responde:—Inadvertida,
Yo tengo igual deseo;
Pero pienso y preveo
Que, aunque es fácil al pozo nuestra entrada,
La agua[286], con los calores exhalada,
Según vaya faltando,
Nos irá dulcemente sepultando;
Y al tiempo que salir solicitemos,
En la Estigia laguna nos veremos.
Por consultar al gusto solamente,
Entra en la nasa el pez incautamente;
El pájaro sencillo en la red queda;
¡Y en qué lazos el hombre no se enreda!
FÁBULA IX
El Cuervo y el Zorro.
En la rama de un árbol,
Bien ufano y contento,
Con un queso en el pico
Estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
Un Zorro muy maestro,
Le dijo estas palabras
Á poco más ó menos:
—Tenga usted buenos días[287],
Señor Cuervo, mi dueño:
¡Vaya! que estáis donoso,
Mono, lindo en extremo.
Yo no gasto lisonjas,
Y digo lo que siento,
Que si á tu bella traza
Corresponde el gorjeo,
Juro á la diosa Ceres,
Siendo testigo el cielo,
Que tú serás el fénix[288]
De sus vastos imperios.
Al oír un discurso
Tan dulce y halagüeño,
De vanidad llevado
Quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,—
Dejó caer el queso.
El muy astuto Zorro,
Después de haberlo preso[289],
Le dijo:—Señor bobo,
Pues sin otro alimento
Quedáis con alabanzas
Tan hinchado y repleto,
Digerid las lisonjas,
Mientras digiero el queso.
Quien oye aduladores,
Nunca espere otro premio.
FÁBULA X
Un Cojo y un Picarón[290].
Á un buen Cojo un descortés
Insultó atrevidamente:
Oyólo pacientemente
Continuando su carrera,
Cuando al son de la cojera
Dijo el otro: Una, dos, tres,
Cojo es.
Oyólo el Cojo; aquí fué[291]
Donde el buen hombre perdió
Los estribos, pues le dió
Tanta cólera y tal ira,
Que la muleta le tira,
Quedándose, ya se ve,
Sobre un pie.
—Sólo el no poder correr
Para darte el escarmiento,
Dijo el Cojo, es lo que siento,
Que este mal no me atormenta:
Porque al hombre sólo afrenta,
Lo que supo merecer,
Padecer.