Al que ostenta valimiento,
Cuando su poder es tal
Que ni influye en bien ni en mal,
Le quiero contar un cuento.
En una larga jornada
Un Camello[343] muy cargado
Exclamó, ya fatigado:
«¡Oh qué carga tan pesada!»
Doña Pulga, que montada
Iba sobre él, al instante
Se apea, y dice arrogante:
—Del peso te libro yo.
El Camello respondió:
—Gracias, señor elefante.
FÁBULA IX
El Cerdo, el Carnero y la Cabra.
Poco antes de morir, el corderillo
Lame alegre la mano y el cuchillo
Que han de ser de su muerte el instrumento,
Y es feliz hasta el último momento.
Así, cuando es el mal inevitable,
Es quien menos prevé, más envidiable.
Bien oportunamente mi memoria
Me presenta al Lechón de cierta historia.
Al mercado llevaba un Carretero
Un Marrano, una Cabra y un Carnero.
Con perdón[344], el Cochino
Clamaba sin cesar en el camino:
—¡Ésta sí que es miseria!
Perdido soy, me llevan á la feria.—
Así gritaba, ¡mas con qué gruñidos!
No dió en su esclavitud tales gemidos
Hécuba la infelice.
El Carretero al gruñidor le dice:
—¿No miras al Carnero y á la Cabra,
Que vienen sin hablar una palabra?
—¡Ay, señor, le responde: ya lo veo!
Son tontos y no piensan: yo preveo
Nuestra muerte cercana.
Á los dos, por la leche y por la lana,
Quizá no matarán tan prontamente;
Pero á mí, que soy bueno solamente
Para pasto del hombre... no lo dudo,
Mañana comerán de mi menudo[345].
Á Dios, pocilga, á Dios, gamella mía.
Sutilmente su muerte preveía;
¿Mas, qué lograba el pensador Marrano?
Nada, sino sentirla de antemano.
El dolor ni los ayes es seguro
Que no remediarán el mal futuro.
FÁBULA X
El León, el Tigre y el Caminante.
Entre sus fieras garras oprimía
Un Tigre á un Caminante.
Á los tristes quejidos al instante
Un León acudió: con bizarría
Lucha, vence á la fiera y lleva al hombre
Á su regia caverna.—Toma aliento,
(Le decía el León) nada te asombre,
Soy tu libertador, estáme atento:
¿Habrá bestia sañuda y enemiga
Que se atreva á mi fuerza incomparable?
Tú puedes responder; ó que lo diga
Esa pintada fiera[346] despreciable.
Yo, yo solo, monarca poderoso,
Domino en todo el bosque dilatado.
¡Cuántas veces la onza, y aun el oso
Con su sangre el tributo me han pagado!
Los despojos de pieles y cabezas,
Los huesos que blanquean este piso,
Dan el más claro aviso
De mi valor sin par y mis proezas.
—Es verdad, dijo el hombre, soy testigo;
Los triunfos miro de tu fuerza airada,
Contemplo á tu nación amedrentada.
Al librarme venciste á mi enemigo.
En todo esto, señor (con tu licencia),
Sólo es digna del trono tu clemencia.
Sé benéfico, amable,
En lugar de despótico tirano;
Porque, señor, es llano,
Que el monarca será más venturoso
Cuanto hiciere á su pueblo más dichoso.
—Con razón has hablado;
Y ya me causa pena
El haber yo buscado
Mi propia gloria en la desdicha ajena.
En mis jóvenes años
El orgullo produjo mil errores,
Que me los ha encubierto con engaños
Una corte servil de aduladores.
Ellos me aseguraban, de concierto,
Que por el mundo todo
No reinan los humanos de otro modo:
Tú lo sabrás mejor, dime, ¿y es cierto?