— ¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?

— Sí señor, pero...

— ¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.

— Sí señor: ya voy; pero... es que...

— ¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.

— ¡Es que resucitó!

Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero no así D. Martin, que se puso furioso.

— Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan mandria, ya deberia haberlo hecho.

La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:

— Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El méico dijo que habia sido un cincopiés (síncope).