Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que Constancia murmurase con aspereza: ¡Cosas de Clemencia! bastó que alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona; bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: Calla, hija, por Dios... ¡calla! para dar ese impulso de baja que la sociedad se apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí, bonita es; es una infeliz; ni pincha ni corta.
¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!
La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.
¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al venenoso tiro de la envidia!
Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y que cada cosa habia vuelto á su lugar.
Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.
Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba; pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.
Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas, guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.
— ¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion. ¿Qué tenemos ahora?
— ¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una letra de Paris de treinta mil reales.