— ¡Pablo!... esclamó Clemencia profundamente conmovida.

Si Pablo hubiese tenido mas ciencia de mundo y mas esperiencia del corazon humano, habria sabido aprovechar aquellos bellos momentos de enternecimiento para ganarse un corazon que latia de admiracion y de gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles almas; pero su timidez le ataba, su modestia le desesperanzaba, y su delicadeza le detenia; se paró un momento en la puerta del segundo cuarto, y se dijo: ¿Y á qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad? Entónces cuanto he hecho pareceria premeditado. Nada grande se lleva á cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta á concederme, arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo!

Y se alejó presuroso.

Pasada la primera emocion, Clemencia se serenó, pensó que de todos modos, aun cediendo á los deseos de Pablo, que fueron tambien los de su padre y de su tio, no debia permanecer á su lado, ni habitar ya aquella casa sino como su mujer; sintió que la separacion que proyectaba por respeto humano, debia ahora que Pablo se habia declarado, llevarla á cabo por respeto á sí misma, y apresuró los preparativos de su partida. Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y comprendiendo que su presencia turbaria á Clemencia, se habia ausentado. De suerte que la declaracion de Pablo solo habia servido para levantar entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que hasta entónces entre ellos habia existido.

FIN DE LA PARTE SEGUNDA.


PARTE TERCERA.

CAPITULO I.

Ocho años habia que faltaba Clemencia de Sevilla: ocho años suelen traer grandes cambios en las cosas y en las personas; y debemos indicarlos ántes de proseguir.

La Marquesa, á la que devoraba un cáncer el pecho, habia envejecido mucho, y su habitual estado de latiente apuro, habia pasado á un estado de decaimiento inerte, en el que, como sucede generalmente á los enfermos de gravedad que conservan despejadas sus facultades intelectuales, no la interesaba nada sino su padecer.