En Constancia no era ménos notable el cambio que se habia operado.
Desde la catástrofe que hemos referido y la enfermedad que de ella resultó, que la trajo á punto de mirar la muerte cara á cara, Constancia habia muerto al mundo, como dice una frase, la que por haber caido en el monótono carril de la rutina, no ha perdido su grave y elevado significado. En su enérgica fibra, solo un sentimiento á la vez profundo y esclusivo podia haber reemplazado el que le inspirara aquel amor que llenó toda su alma, como habria llenado toda su vida. Al borde del sepulcro condenó los estremos del amor á la criatura, y pidió á Dios perdon si moria, y conformidad si en la tierra la dejaba su voluntad omnipotente. La religion hizo mas que darla conformidad; le dió consuelo y virtudes, desterrando de su alma, despues de la desesperacion, la soberbia, la acritud, la rebeldía y el egoismo, que por tanto tiempo en ella se entronizaron, reemplazándolos con la mansedumbre, la benevolencia, la caridad, la paciencia; cual la naturaleza produce flores odoríferas y cordiales en un crial, cuando una mano fuerte le ha arrancado los abrojos y espinas que lo cubrian. Porque este es el efecto y resultado de la vida, que unas veces con desden, otras con burla, pocas con respeto, se denomina, dedicada á la virtud; este es el fin á que tiende. Y si los que la llevan no siempre logran conseguir este objeto (puesto que eso de ser estremadamente virtuoso no es tan fácil como les parece á aquellos que desde que ven á una persona entrar en esa senda, exigen de ella la realizacion del objeto á que aspira); si no siempre logran alcanzar este fin, los que á él aspiran, decimos, tienen al ménos el mérito de haberlo intentado, y la gloria de alistarse bajo la santa bandera, cuyo emblema es un cordero, una cruz y una corona de espinas. Tienen aun mas: tienen el valor de renunciar á la sancion del mundo bullidor, el de pasar por pobres de espíritu en la brillante, ruidosa y desdeñosa legion de los denominados ilustrados, el de hacerse condenar al ridículo y al desprecio por la soberbia y acerba legion de los incrédulos é impíos, y solo contar con las calladas y benévolas simpatías de aquellos que se esconden por no ser vistos, y callan por no ser oidos, en una época que los burla con sarcasmos, y los desprecia con insultos.
Constancia, no obstante, era de las afortunadas que logran el fin propuesto; lo que era debido sin duda al total desprendimiento de las cosas de la tierra que el infortunio produjo en su alma.
Nadie habria reconocido en ella á la elegante jóven que fué: su traje era mas que modesto; era pobre: llevaba siempre un vestido de coco ó tela de algodon negro, con pequeños lunares grises; cubria su garganta un pañuelo de la India, gris y negro, prendido al cuello con un alfiler; gastaba en todo tiempo manga larga y zapato de piel, y su cabello primorosamente alisado, estaba sujeto con dos peinecillos sobre sus sienes, sin ningun género de pretension.
Esta abnegacion del placer de agradar y de la satisfaccion de parecer bien, es la mas heróica que en aras de la severa virtud puede ofrecer como sacrificio la mujer; y este mérito solo se ve en España, sin que por eso neguemos que en otros países haya mujeres admirablemente virtuosas, profunda y severamente religiosas; pero este tipo de completo desprendimiento de las cosas del mundo y de la vanidad, no se ve sino aquí, por mas que se afanen en sostener que todos somos iguales. No; las nacionalidades no se borran de una plumada, ni con un aforismo falso, ni con algunas modas universales en el vestir. Dícese que la completa igualdad es un resultado necesario de la ilustracion y de la facilidad de comunicaciones; pero ¿no basta á probar la falsedad de este aserto, el ver que los dos focos de ilustracion, que son al mismo tiempo, las dos capitales mas cercanas, han sido, son y serán los dos mayores contrastes? En qué ha mudado ese diario contacto las respectivas y marcadas fisonomías de Paris y de Lóndres?[8]
Es para nosotros un enigma el móvil que lleva á muchas personas de mérito y de talento á defender y aplaudir esa nivelacion general, y cuál es la ventaja que de ella resultaria. Que un país sin pasado, sin historia, sin nacionalidad, sin tradiciones, adopte un carácter ajeno por no poseerlo propio, como ha hecho la América del Norte[9] adoptando el inglés, y la del Sur adoptando el español, se comprende. Pero que se afanen por hacer esto algunos hijos del país de Pelayo y del Cid, de Calderon y de Cervántes, para desechar el suyo y adoptar el ajeno, es lo que no concibe ni el patriotismo, ni la sana razon, ni el buen gusto, ni la poesía.
Constancia era pues, sin ostentarlo ni ocultarlo, una beata. Las beatas no son perfectas, aunque las gentes del mundo exigen de ellas una perfeccion de que estas se creen dispensadas; pero Constancia lo era, porque coronaba sus demas virtudes con la tolerancia, que á algunas suele faltar, y unia al estricto cumplimiento de sus deberes, una dulzura adquirida, la que en su carácter fuerte y áspero era un hermoso triunfo obtenido al pié del tribunal de la penitencia. De sus ojos serenos habian desaparecido aquellas miradas ariscas y altivas que ántes le fueron propias, y de su tranquilo semblante el aire esquivo y desdeñoso; sin afectar formas afables, las tenia benévolas y dignas. Llevaba con la perseverancia de la consagracion, toda la asistencia prolija que hacia necesaria la larga y terrible enfermedad de su madre, y sus escesivas impertinencias con no desmentida paciencia. Si alguna persona íntima celebraba su comportamiento, hacia grandes esfuerzos para disimular la incomodidad que la causaban estos elogios que rechazaba.
En las demas personas el cambio no habia sido notable.
Sobre D. Galo habian pasado estos ocho años como otra infinidad de los anteriores. Los siete mil reales seguian su curso inmutable, las pelucas hacian su servicio periódico, el lente de plata no se cansaba de servir á su dueño, ni este de servir á las damas. Todos sus compañeros habian cambiado de destino ó de lugar; hasta la oficina habia variado de local; pero D. Galo la habia seguido como un fiel perrito á su amo, ocupando su mismo puesto y su misma carpeta, con los que estaba identificado.
Sobre la robusta arrogancia de Doña Eufrasia, habian pasado los años como pasan sobre las plazas fuertes los vendavales. En ellos habia cobrado muchas viudedades, sin dar la mas mínima esperanza al Monte-pio de libertarlo de esta carga.