En D. Silvestre no habia mas alteracion sino la de haber adquirido su vientre una posicion ménos prominente y mas rebajada.
Pepino habia tomado gran cariño á los Mercurios, y seguia cuidándolos con esmero por propio impulso, como ántes por mandato de su ama.
Su tia recibió á Clemencia tristemente, aunque celebró mucho su venida, y le hizo una larga y minuciosa relacion de sus padeceres.
Constancia demostró una sincera, pero sosegada alegría de ver á su prima, sin que mediase entre ellas ni una conmemoracion ni aun una alusion á la terrible catástrofe de la que Clemencia habia sido testigo.
A los pocos dias, con motivo de la gravedad de su madre, llegó tambien Alegría, que con su marido y sus tres niños venia de Madrid, donde estaban establecidos.
Alegría estaba hecha el bello ideal de la elegancia, un figurin de moda, el tipo del supremo buen tono. Pero su vida agitada y sus horas desarregladas, sus continuos trasnocheos y sus constantes escitaciones la habian destruido, avejentado y adelgazado á aquel estremo que quita todas las formas al cuerpo, toda la frescura al rostro y toda la lozanía á la juventud. Compuesta y animada, sobre todo con la luz artificial, estaba bien; pero descompuesta y desanimada, estaba como una flor sacudida y marchita por el levante.
Su marido, ademas de ser el tipo de la distincion y de la finura, lo era ahora igualmente del buen marido y del buen padre.
Cuando Alegría vió á Clemencia, que merced á su tranquila vida, á su feliz existencia, traia con el alma de una novicia la hermosura de una Hebe, le dijo:
— ¡Qué lozanía! ¡Qué frescura! ¿En qué Eden has vivido? Ganas me dan de ir á pasar una temporada á Villa-María, aun á costa de venir tan anticuadamente vestida y peinada como lo estás tú. ¡Dios mio! ¡qué bien te sienta el estado de viuda! y riquísima que me han dicho que eres!... ya sé, ¡un tio!... Oye ¿era jóven?... Ocho años de destierro te ha costado; pero en fin, si estuviste como el raton en el queso, ¡anda con Dios! Hiciste bien en estarte á la mira y aguantarte, porque, hija mia, el dinero, el dinero es el todo; sin dinero ¿qué se hace? Vamos, eres la mujer feliz. Mira, no hagas la locura de volverte á casar.
Clemencia habia oido toda aquella retahila, atónita, sin aun comprender la malicia de ciertas espresiones; pero al oir esta última, y recordando en su corazon la promesa que habia hecho á su tio, repuso á su prima: