— ¡Vaya, si es verdad! y es lo mas sabio que he oido en mi vida. En aquel país, modelo de delicadeza conyugal, toda viuda honesta se avergonzaria de sobrevivir á su marido.

— Si se encendiesen las hogueras para los embusteros y fuesen allá por grados, me parece que iria Vd. el primero, repuso Doña Eufrasia dejando el ton sentimental y declamatorio.

— No miente, mujer, — dijo con displicencia la Marquesa, como para cortar la disputa que le fatigaba oir; — me han dicho que eso se hace allá entre unos salvajes que no son cristianos.

— ¡Ya! ¡cómo habian de serlo! esclamó Doña Eufrasia; pero no quita que Paco Guzman, que tampoco lo es, sea capaz de aconsejarlo en esa Samblea de Madrid, á la que solo faltaba esto para coronar sus herejías y disparates. ¡Y luego nos vendrán hablando de la Inquisicion! Esa quemaba á los judíos; ¡bendito sea su alma! pero pensar en proponer quemar á las viudas, porque eso se hace allá en Malapar ó en los quintos infiernos, hasta allí podia llegar el espíritu de mitacion. ¡Oh! si Matamoros viviese! ya veria esa Samblea para qué ha nacido. ¡Herejes! ¡desalmados! Pues oiga Vd., Paquito, á Vd. no le disgustan las viudas! y ahora un mes andaba Vd. tras de una que bebia los vientos; yo todo lo sé, ¿está Vd.?

— Pues ya se ve que me gustan las viudas: como que no soy ministro de hacienda, me gustan siempre que sean posteriores á la guerra de la pendencia, contestó Paco Guzman, al que no habia hecho gracia ninguna la observacion de Doña Eufrasia, la que aludia á Clemencia.

— Constancia, dijo la Marquesa, hoy me ha sentado mal el caldo; tenia grasa.

— Madre, yo misma lo colé por un pañito mojado.

— Nunca para tí llevo razon en nada de lo que digo. Bien, no me volveré á quejar, aunque me traigas agua sucia en lugar de caldo.

— No, madre, no, mañana lo colaré por una bayeta.

— Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?