— Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon, tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.

— Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta, sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.

— No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga mas, si los corazones ó los merengues.

— ¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora, lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa hasta de insubordinacion.

— ¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y fijando en D. Galo sus airados ojos.

— La voz pública.

— ¿Y vos lo repetís sin mas exámen?

— Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo afirmais, señor mio.

— Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es responsable de ellas.

Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le daria una satisfaccion.