— Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion el que saben mucho, en el sentido que se ha dado á esta frase comun, que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán ciertamente á otras causas que á su saber, en el sentido dicho. Quien atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.

— Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la señora de la Tijera.

— Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd., Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos elogios de V.

— Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.

— No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.

— ¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.

— Que era mucho, repuso D. Galo.

— Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero de la casa.

— Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.

— Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia, observó D. Galo.