— ¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto; no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy.

— Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto de veros...

— El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer...

— Y como no os veo ya en casa de Clemencia...

— Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la tarde y noche.

— ¿No me habeis dicho que se casa?

D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural:

— ¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero ya lo sabe todo el mundo.

— Me han dicho que su novio es un ganso lugareño.

— Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones que lo sorprendieron en su cortijo...