— ¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas bandoléricas; estoy cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos.

— Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder.

Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa.

— Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas, dijo Sir George con la mayor seriedad.

— ¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D. Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de su talento y buen juicio.

Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor, que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo: Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia corta gana de ser el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo.

Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad:

— He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar, deseo recibir de vos un favor.

— Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D. Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente.

— Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo de presentar una en mi nombre á Clemencia.