¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las soberbias!
Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»
Alguna vez, esta idea fija le abatia.
Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana. Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.
Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de naturalezas.
Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,—¡tal es el poder de la costumbre! — Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio, envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.
Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra atroz, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza física.
Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que es un consuelo grande.
Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.
Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.