Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese volver á su lado.

El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con amargo desconsuelo.

— ¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.

Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, porque era su marido. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada tiene viciosa la vejez.

¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á denigrar con el nombre de tibio, los materialistas á burlar con el de platónico; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y bendice el cielo, llamándolo santo!

Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar allí á Clemencia bien acompañada.

La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.

La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario, pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida, pudiese volver al convento!

La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo, suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.

Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.