Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.

Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia. Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues, considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia, formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer, cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!

CAPITULO X.

Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. Silvestre:

— Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de la tuya sobre la mia!

— ¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de hierro.

Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.

Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, acompañaba á Clemencia en su sentimiento, y sacaba los números de la lotería.

En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y nasal:

Para no llegar á viejo,
¿Qué remedio me darás?
— Métete á servir á un amo,
Y siempre mozo serás.